Y SU FRANKENSTEIN CONSTITUCIONAL: LA UDI PIDE QUE EL MONSTRUO SIGA CAMINANDO
La reforma de seguridad que debía convertirse en una demostración de fuerza del Gobierno terminó abriendo grietas incluso dentro del oficialismo. La UDI primero advirtió que podía debilitar la institucionalidad; después de conversaciones con La Moneda cambió el tono y hoy pide mantener con vida una iniciativa cada vez más remendada. Todo, paradójicamente, en el área que Kast convirtió en su principal bandera política: la seguridad.

La escena tiene algo de tragicomedia política.
El presidente de la UDI, Guillermo Ramírez, reconoce que llevan días “recibiendo fuego de todas partes” por la reforma constitucional de seguridad, pero pide que el Gobierno no la retire porque podría parecer una “renuncia”.
Es decir: el problema ya es evidente, pero reconocerlo sería peor que mantenerlo.
Curioso, porque la propia UDI había advertido inicialmente que la propuesta podía debilitar la institucionalidad. Después vinieron las conversaciones con La Moneda, modificaciones, nuevas costuras, algunos parches y, casi de pronto, aquello que parecía inaceptable pasó a ser defendible.
Así nació el Frankenstein constitucional del Gobierno:
un artículo por aquí, una enmienda por allá, una facultad presidencial recortada más allá y suficiente maquillaje jurídico para intentar demostrar que el monstruo ya no parece monstruo.
El problema político para Kast es todavía mayor porque ocurre precisamente en el terreno donde prometió mostrarse invencible: la seguridad.
Fue el sector que prometió expulsiones masivas de migrantes irregulares.
El que convirtió la zanja fronteriza en símbolo de autoridad y control migratorio.
El que hizo del combate al narcotráfico una de sus principales banderas.
Pero cuando combatir al narcotráfico significa además seguir la ruta del dinero, levantar con mayor rapidez el secreto bancario y fortalecer las herramientas de inteligencia financiera, la famosa mano dura comienza curiosamente a llenarse de cautelas jurídicas.
Entonces la pregunta resulta inevitable:
¿Para perseguir delincuentes necesitamos ampliar extraordinariamente las facultades presidenciales, pero para perseguir sus millones tenemos que avanzar con pies de plomo?
Zanjas: sí.
Militares: sí.
Estados de excepción: sí.
Más poder presidencial: discutámoslo.
¿Seguir rápidamente el dinero del narcotráfico?
Ahí parece aparecer repentinamente la preocupación por los límites.
La mayor ironía es que la reforma destinada a demostrar autoridad terminó produciendo exactamente lo contrario: divisiones oficialistas, críticas constitucionales, retrocesos y sucesivas correcciones.
Y ahora la UDI parece haber llegado a una curiosa doctrina política:
si retirarlo parece una derrota, mejor mantenerlo aunque haya que reconstruirlo pieza por pieza.
Frankenstein también estaba hecho de buenos pedazos.
El problema nunca fueron solamente los pedazos.
Era el monstruo.
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