Hangar Rojo: la historia del capitán que desafió al poder militar y pagó con tortura
Jorge Silva salvó a dos jóvenes del fusilamiento en 1973, pero el mismo aparato represivo que él integrava lo detuvo, torturó y compartió celda con el general Bachelet. Una película rescata este capítulo de lealtades quebradas y poder sin contrapeso.

El 11 de septiembre de 1973, mientras las fuerzas armadas chilenas derrocaban al gobierno de Salvador Allende, el capitán de la Fuerza Aérea Jorge Silva Ortiz enfrentó un dilema que le costaría casi cuatro años de prisión y un exilio forzado. Destinado en la Escuela de Especialidades de la Base Aérea El Bosque —convertida en campo de detención, tortura y exterminio—, Silva ordenó que dos jóvenes detenidos, Fernando Villagrán y Felipe Agüero, fueran trasladados al Estadio Nacional en lugar de ser fusilados esa misma noche. “Me iban a ejecutar y él me salvó”, recuerda Villagrán, hoy de 77 años.
La cadena de mando que Silva desobedeció no tardó en cobrarle la osadía. El 9 de octubre de 1973 fue detenido, encapuchado y desarmado en la casa de un superior. Comenzó entonces un calvario de torturas en la Academia de Guerra Aérea aplicadas por sus propios compañeros de armas: choques eléctricos que le provocaron taquicardias y hemorragias, sumersiones en agua, golpes con objetos contundentes y amenazas contra su familia. “La condición física del capitán estaba muy deteriorada”, documenta Villagrán en su libro “Disparen a la Bandada”.
Silva no fue el único uniformado castigado por resistirse al golpe. En la Cárcel Pública de Santiago compartió la celda número 12 de la Galería 2 con el general Alberto Bachelet, padre de la expresidenta Michelle Bachelet, quien murió el 11 de marzo de 1974 tras ser torturado por sus antiguos camaradas. La sentencia judicial de 2014 confirmada por la Corte Suprema en 2016 estableció que Silva estuvo con Bachelet el día de su muerte. Decenas de oficiales y suboficiales de la FACh que se negaron a participar en el golpe permanecieron recluidos en ese mismo recinto carcelario.
La justicia tardó más de cuatro décadas en anular las condenas de los Consejos de Guerra dictadas contra 84 miembros de la Fuerza Aérea que habían permanecido en prisión por desafiar las órdenes. Entre ellos estaba Silva, quien tras casi cuatro años privado de libertad partió al exilio en Londres en 1977. El mismo aparato institucional que lo formó como oficial de Contrainteligencia —con entrenamiento en la Escuela de Las Américas en Panamá y en Estados Unidos— lo declaró “traidor” por defender la constitucionalidad.
La historia de Silva no es solo un relato de salvación individual, sino un espejo de las contradicciones al interior de una institución que se dividió entre la lealtad al orden constitucional y la obediencia al poder de facto. En 1970, Silva había alertado directamente a Allende sobre un complot para asesinarlo, decisión que lo marcó ante sus superiores tres años después. “Yo sabía que iba a caer”, declaró. Solo era cuestión de tiempo.
El reencuentro entre Silva y los jóvenes que salvó ocurrió recién en 2001, cuando el excapitán viajó a Chile para participar en el documental “Estadio Nacional” de Carmen Luz Parot. Villagrán tuvo entonces la oportunidad de decirle algo que siempre había querido: “Te debo la vida”. De ahí nació una amistad que se mantuvo hasta el fallecimiento del capitán. “Cada vez que Jorge venía a Chile se quedaba en mi casa”, cuenta Villagrán.
La película “Hangar Rojo”, dirigida por Juan Pablo Sallato y basada en el libro de Villagrán, reconstruye este dilema moral filmado en blanco y negro. Tras ganar 19 premios en festivales internacionales y un exitoso debut comercial en Italia, la cinta pone en escena una pregunta que trasciende el caso particular: qué ocurre cuando las instituciones armadas se quiebran entre la legalidad y la fuerza bruta, y quién paga el precio de esa fractura.
Con información de: El Mostrador (Chile).
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