Soberanía en veremos: La Cancillería se limita a “llamar a evitar” a Judd mientras el embajador de EE.UU. impone su estilo intervencionista
Mientras el canciller Pérez Mackenna apuesta a la diplomacia blanda y descarta medidas de fondo, el embajador Brandon Judd reivindica su intervencionismo y advierte que no piensa cambiar.

La estrategia del gobierno para frenar las intromisiones del embajador de Estados Unidos, Brandon Judd, se desinfla antes de empezar. Mientras el canciller Francisco Pérez Mackenna asegura que “a Chile se le respeta”, su única acción concreta se reduce a “llamarlo a evitar esas expresiones” y descartar, por ahora, una nota de protesta o medidas de mayor alcance. Una postura que, lejos de defender la soberanía, deja en evidencia la falta de propuestas concretas frente a una potencia que impone sus reglas.
La respuesta de Judd no se hizo esperar y fue tajante: no piensa cambiar. “Cada vez que lo considere necesario usaré todos los recursos que tengo”, sentenció el embajador, reivindicando una diplomacia basada en “logros” y no en la prudencia. Su frase “voy a seguir siendo un tipo diferente de embajador” y su desprecio por el rechazo interno —”si las personas se molestan por mis respuestas, el problema es de ellos”— dejan al descubierto una actitud que el gobierno chileno es incapaz de contrarrestar.
Las contradicciones del Ejecutivo son evidentes. Pérez Mackenna reivindica una política exterior “pragmática” donde “no somos ni anti-China ni anti Estados Unidos, somos pro-Chile”. Sin embargo, este discurso de supuesto equilibrio se derrumba cuando el propio Judd advierte sobre la presencia china y la supuesta amenaza a la soberanía que representaría un cable submarino controlado por Beijing, mientras él mismo se inmiscuye en asuntos internos.
La debilidad del gobierno queda aún más expuesta en los otros frentes de conflicto. En materia de seguridad, el canciller asegura que no existe presión estadounidense por el Escudo de las Américas, pero Judd insiste en la conveniencia de una cooperación regional más estrecha contra el crimen organizado. En comercio, el optimismo de Pérez Mackenna por las negociaciones arancelarias choca con la revelación de Judd de que Washington ya había planteado sus reparos y exigió a Chile establecer normas para impedir la importación de bienes producidos con trabajo forzado o infantil.
El historial de Judd es una seguidilla de provocaciones que la Cancillería no ha sabido frenar: cuestionó a ministros chilenos por los aranceles, vinculó al Gobierno de Kast con la Doctrina Monroe y provocó una citación a la Cancillería al sostener que EE.UU. analizó la participación de la izquierda en el estallido social de 2019. Aunque Judd matizó que no envió investigadores, su forma de actuar sigue siendo la misma.
El punto políticamente más incómodo es la contradicción central: la Cancillería quiere que Judd evite intervenir, pero Judd dice que seguirá haciéndolo cuando lo estime necesario. Mientras el embajador estadounidense impone su ley y dicta directrices internas, el gobierno chileno apuesta a que un mensaje diplomático bastará, demostrando que el famoso “rayado de cancha” no es más que una línea pintada en el pasto que nadie está dispuesto a hacer respetar.
Con información de: El Mostrador (Chile).
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