“NO LE CREÍ NADA Y SIGO NO CREYÉNDOLE NADA”: LA FRASE DE MATTHEI QUE VUELVE A ABRIR LA PUERTA DE LA GUERRA SUCIA DIGITAL
Las duras palabras de Evelyn Matthei contra José Antonio Kast reabren el debate sobre la guerra sucia digital que marcó la campaña presidencial. La ex candidata UDI recordó los ataques sistemáticos, las noticias falsas sobre su salud y las cuentas que operaban en redes sociales, mientras la detención en Bolivia del estratega digital Fernando Cerimedo y el hallazgo de una presunta “granja de bots” vuelven a tensionar al oficialismo. Un episodio que instala nuevamente una pregunta de fondo: ¿hasta dónde puede llegar la manipulación digital antes de convertirse en una amenaza directa para la democracia?

Hay frases que, con el tiempo, adquieren un peso político mucho mayor que cuando fueron pronunciadas por primera vez.
Y la que acaba de repetir Evelyn Matthei respecto del Presidente José Antonio Kast es una de ellas:
“No le creí nada y sigo no creyéndole nada”.
Matthei recuerda que durante la campaña presidencial enfrentó personalmente a Kast por la ofensiva digital que estaba sufriendo. Según su relato, él le aseguró varias veces, mirándola a los ojos, que no tenía relación alguna con esos ataques.
Ella dice que nunca le creyó.
Y explica por qué.
La entonces candidata de Chile Vamos asegura que desde enero comenzó a sufrir ataques sistemáticos, cada dos o tres semanas, impulsados y amplificados una y otra vez por las mismas cuentas: primero se dijo que era responsable de un supuesto “zarpazo” a los ahorros previsionales; después que era de izquierda; luego que era comunista; circularon videos cortados y manipulados y, finalmente, se instaló una de las falsedades más brutales de aquella campaña: que padecía Alzheimer.
No estamos hablando simplemente de críticas políticas.
Estamos hablando de fabricar una enfermedad inexistente para intentar destruir electoralmente a una persona.
Pero ahora apareció una pieza que vuelve inevitablemente a poner aquel episodio bajo una nueva luz.
EL “REY DE LOS TROLLS” Y UNA HISTORIA QUE LLEGÓ HASTA CHILE
Fernando Cerimedo, estratega digital argentino que trabajó con sectores de la derecha radical latinoamericana, permanece detenido en Bolivia y es investigado por tentativa de femicidio contra su expareja, la abogada Nadia Beller.
Beller sobrevivió a un ataque a balazos cometido por dos individuos y acusa a Cerimedo de haberlo organizado.
Esa responsabilidad deberá establecerla la Justicia boliviana y, por tanto, no corresponde presentarla todavía como un hecho judicialmente probado.
Pero la investigación produjo otro hallazgo particularmente inquietante para Chile.
Durante los allanamientos realizados por la Fiscalía boliviana se encontraron más de 40 mil dólares y equipos que, según el fiscal del caso, constituirían una “mini granja de bots”.
Y aquí la historia deja de ser solamente boliviana.
Cerimedo ya había tenido participación en Chile durante el proceso constitucional de 2020 mediante su empresa Numen. Además, investigaciones periodísticas han documentado antiguos cruces entre él y personas que posteriormente formaron parte del entorno político y comunicacional de José Antonio Kast. El Mostrador, por ejemplo, ha informado de vínculos anteriores de Cerimedo con Alejandro Irarrázaval, Ignacio Dülger y Felipe Costabal, quienes posteriormente ocuparon funciones vinculadas al Gobierno o al círculo presidencial.
Eso no demuestra por sí solo que Cerimedo haya dirigido los ataques contra Matthei ni permite afirmar que Kast los haya ordenado.
Pero sí hace perfectamente legítima una pregunta política:
¿Quién operaba realmente aquellas redes digitales?
Porque Matthei agrega otro antecedente llamativo: según ella, apenas alrededor de 48 horas después de la detención de Cerimedo fueron desactivadas dos de las principales cuentas que identificaba como responsables de troleo y ataques provenientes del mundo republicano.
La propia Matthei reconoce que aún no puede explicar esa coincidencia.
Precisamente por eso corresponde investigar y no encubrir.
Y AHORA EL PROBLEMA ESTÁ DENTRO DEL OFICIALISMO
Aquí aparece una contradicción política enorme.
Evelyn Matthei es militante de la UDI.
La UDI, a su vez, forma parte oficialmente de la coalición que sostiene al Gobierno de José Antonio Kast. Su presidente, Guillermo Ramírez, participa de las reuniones de coordinación del oficialismo en La Moneda, sus parlamentarios respaldan la agenda gubernamental y figuras históricas del partido ocupan posiciones centrales en el Ejecutivo.
El propio ministro del Interior y de la Secretaría General de Gobierno, Claudio Alvarado, es militante UDI.
Por eso esta ya no es una pelea entre gobierno y oposición.
Es una acusación formulada por una de las figuras más importantes del propio partido que integra el Gobierno, quien fue además candidata presidencial de ese sector, contra el actual Presidente de la República.
Entonces los parlamentarios, ministros, subsecretarios y dirigentes UDI enfrentan una pregunta bastante incómoda:
¿Le creen a Evelyn Matthei cuando dice que sufrió una campaña sistemática de desinformación proveniente de grupos republicanos?
Porque resulta políticamente difícil reivindicarla como una de las principales figuras históricas de la UDI y, al mismo tiempo, guardar silencio cuando afirma públicamente que no creyó entonces y sigue sin creer ahora la explicación entregada por Kast.
NO ES UN PROBLEMA DE BOTS. ES UN PROBLEMA DEMOCRÁTICO
Aquí resulta especialmente pertinente volver al cientista político Eugenio Ortega Frei y su libro La democracia pluralista bajo ataque. El avance de la derecha radical populista en perspectiva comparada.
No por casualidad Ortega dedica precisamente su capítulo 6 a la “Relación entre medios de comunicación, redes sociales y partidos populistas radicales de derecha”.
Uno de los fenómenos centrales que permite entender este tipo de política es que las redes sociales han cambiado radicalmente la disputa democrática: la provocación, la agresividad comunicacional, la polarización y la circulación de información falsa pueden transformarse en instrumentos para movilizar emocionalmente a los electores, desacreditar adversarios y construir realidades políticas paralelas.
Y ese es precisamente el peligro.
Porque cuando la competencia política deja de consistir en confrontar ideas contra ideas y pasa a enfrentar verdades contra falsedades fabricadas industrialmente, ya no estamos simplemente ante una campaña electoral agresiva.
Estamos ante una forma de degradación de la democracia pluralista.
La democracia supone adversarios.
No enemigos a quienes destruir.
Supone discrepancia.
No enfermedades inventadas.
Supone convencer ciudadanos.
No manipular algoritmos para hacerles creer que miles de personas piensan algo que, quizás, solamente están repitiendo decenas de cuentas coordinadas.
Por eso la frase de Evelyn Matthei es políticamente mucho más grave de lo que parece:
“No le creí nada y sigo no creyéndole nada”.
Porque cuando alguien que pertenece al mismo sector político del Presidente pone públicamente en duda su palabra sobre una eventual guerra sucia digital, la pregunta ya no es quién ganó aquella elección.
La pregunta es bastante más importante:
¿cómo se ganó la batalla por la opinión pública y hasta dónde estuvieron dispuestos algunos a llegar para ganarla?
Y eso, en una democracia, merece algo bastante mejor que bots, trolls, silencios incómodos y explicaciones a medias.
Merece verdad.
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