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La espiral del silencio, los bots y la conquista del clima político

La política digital ya no disputa solo votos: disputa la percepción de quién representa a la mayoría. En un escenario marcado por campañas coordinadas, bots y desinformación, la “espiral del silencio” ayuda a entender cómo una opinión artificialmente amplificada puede aislar a quienes piensan distinto, debilitar la respuesta ciudadana y convertir una sensación fabricada de consenso en poder político real.

Víctor Reyes4 min de lectura

Elisabeth Noelle-Neumann formuló una idea clave para entender cómo se construye poder en democracia: las personas tienden a callar cuando sienten que su opinión está quedando aislada, mientras quienes creen representar a la mayoría hablan con más fuerza.

Así nace la espiral del silencio: una percepción de mayoría puede terminar creciendo precisamente porque quienes discrepan dejan de expresarse.
Ese mecanismo adquiere hoy una dimensión nueva con las redes sociales.
Ya no se necesita solamente convencer.
También se puede fabricar la apariencia de consenso.

Miles de cuentas coordinadas, bots, trolls y contenidos repetidos pueden instalar la sensación de que determinada posición domina completamente la conversación pública.
El ciudadano que entra a una red social no necesariamente distingue entre una multitud auténtica y una multitud artificialmente amplificada. Y cuando cree encontrarse solo frente a una mayoría abrumadora, puede terminar callando.

Aquí aparece un antecedente reciente que merece investigación seria.

Tras la detención en Bolivia del consultor argentino Fernando Cerimedo, las autoridades bolivianas informaron del hallazgo en su domicilio de una denominada “mini granja de bots”, compuesta por múltiples dispositivos capaces de automatizar acciones en redes sociales.

Cerimedo había participado previamente en estrategias políticas de la derecha latinoamericana y su actuación en Chile ha vuelto a quedar bajo escrutinio.
La relevancia política del caso chileno radica en que Evelyn Matthei había denunciado durante la campaña presidencial de 2025 una operación coordinada de cuentas que difundía contenidos falsos o manipulados en su contra, incluyendo mensajes sobre supuestos problemas de salud. Investigaciones periodísticas identificaron además cuentas automatizadas que ya habían participado en ataques contra adversarios de José Antonio Kast desde campañas anteriores.

Después del hallazgo realizado en Bolivia, Matthei volvió a plantear sus sospechas.
Recordó que Kast le negó personalmente cualquier relación con esas operaciones y señaló que dos cuentas de fuerte actividad contra ella desaparecieron poco después de la detención de Cerimedo.

Eso no demuestra, hasta ahora, que Kast haya ordenado una operación de bots ni permite afirmar que las elecciones chilenas hayan sido manipuladas fraudulentamente.
Pero sí plantea una pregunta democrática que no puede despacharse como una simple anécdota digital:
¿hasta qué punto campañas coordinadas de desinformación pudieron modificar artificialmente el clima de opinión durante una elección presidencial?

Porque manipular una elección no significa necesariamente alterar las papeletas o intervenir las urnas.
También puede significar alterar el entorno psicológico dentro del cual millones de ciudadanos deciden su voto.

Ahí la teoría de Noelle-Neumann adquiere una inquietante actualidad.

Un ejército digital puede repetir que un candidato está acabado.
Puede instalar que otro representa inevitablemente a la mayoría.
Puede desacreditar diariamente a un adversario.
Puede convertir una mentira en tendencia.
Puede hacer parecer espontánea una campaña planificada.

Y finalmente puede provocar que ciudadanos reales comiencen a repetir aquello que originalmente impulsaron cuentas artificiales.

Ese es quizás el punto más peligroso:
el bot no necesita convencer directamente a millones de personas. Le basta con convencerlas de que millones de personas ya están convencidas.

Entonces comienza la espiral.
La opinión artificialmente amplificada parece mayoritaria.
La prensa observa la tendencia y habla de ella.
Los dirigentes políticos reaccionan.
Los usuarios reales la reproducen.
Quienes discrepan sienten aislamiento.
Algunos dejan de hablar.
Y el silencio de esos ciudadanos refuerza todavía más la ilusión inicial de mayoría.
La maquinaria termina produciendo aquello que simulaba.

Aquí vuelve también Hesse.
Para hacer posible aquello que parecía imposible hay que insistir hasta abrir camino.
Kast y la nueva derecha entendieron durante años la importancia de insistir, organizarse y disputar culturalmente el poder.
La pregunta que ahora surge es si a esa estrategia política legítima se agregaron mecanismos digitales destinados a fabricar artificialmente parte del clima social que facilitó su ascenso.
Eso debe investigarse con evidencia y no resolverse mediante consignas.
Porque si finalmente se acreditara una coordinación entre operadores políticos, financiamiento privado, granjas de bots y campañas sistemáticas de desinformación electoral, estaríamos frente a algo mucho más grave que una pelea en redes sociales.

Estaríamos frente a una nueva forma de intervención política: la construcción artificial de mayorías psicológicas.

Y quizás allí se encuentre el verdadero poder de estas operaciones.
No conseguir que todos piensen igual.
Sino lograr que quienes piensan distinto crean que están solos.
Cuando eso ocurre, la espiral del silencio hace el resto.
Y una democracia comienza a correr peligro no solamente cuando alguien impide votar, sino también cuando fuerzas organizadas consiguen manipular sistemáticamente aquello que una sociedad cree que los demás están pensando.

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Víctor Reyes
Redacción · 30 de agosto de 2026 · 20:06

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