KAST, FORO MADRID Y EL “CANDADO CHINO”: ¿QUIÉN CUIDA A LOS GUARDIANES DE LA LIBERTAD?
La participación del Presidente José Antonio Kast en el Foro Madrid reabre el debate sobre los límites entre la política exterior del Estado y las afinidades ideológicas del Gobierno, mientras sectores del propio oficialismo cuestionan su presencia en una instancia vinculada a VOX y a redes de la derecha radical internacional. El episodio coincide, además, con una agenda de seguridad que amplía facultades del Ejecutivo y vuelve inevitable una pregunta democrática de fondo: ¿quién vigila a quienes dicen proteger nuestra libertad?

La presencia del Presidente José Antonio Kast como orador del próximo Foro Madrid en Santiago puede parecer, para La Moneda, la simple continuidad de una relación política cultivada antes de llegar al poder. Pero cuando quien participa ya no es candidato ni dirigente partidario, sino Presidente de la República de Chile, la cuestión adquiere inevitablemente otra dimensión.
Porque un Presidente no viaja, habla ni se relaciona internacionalmente únicamente a título personal. Detrás suyo está Chile, su Cancillería, su tradición diplomática, sus tratados y una política exterior que debería procurar representar los intereses permanentes del Estado, mucho más amplios que las afinidades ideológicas del Gobierno de turno.
Y allí comienza la contradicción.
Foro Madrid no es una reunión políticamente neutra.
Es una iniciativa promovida por la Fundación Disenso, vinculada a VOX de España, y forma parte de una amplia articulación transnacional de las nuevas derechas radicales y conservadoras.
En sus actividades y redes aparecen dirigentes de VOX, del PVV neerlandés, del Partido Liberal brasileño, además de vínculos cultivados por Disenso con sectores políticos de Estados Unidos, Argentina, Italia, Hungría, Polonia y otros países.
El propio Foro Madrid declara que pretende librar una disputa política y cultural a escala internacional.
Por eso la pregunta resulta inevitable:
¿Hasta dónde puede el Presidente de Chile retroalimentarse políticamente de una internacional ideológica sin terminar comprometiendo la posición diplomática del país?
José Antonio Kast tiene todo el derecho a poseer convicciones políticas. Lo que cambia radicalmente es que hoy sus palabras ya no representan únicamente al antiguo candidato de Republicanos. Representan institucionalmente a Chile.
Y mientras La Moneda defiende esa participación, dentro del propio oficialismo aparecen señales de incomodidad. Evópoli decidió marginarse del encuentro y desde Chile Vamos se han escuchado advertencias sobre la inconveniencia de que un jefe de Estado participe de una cumbre caracterizada por una fuerte identidad ideológica.
No parece una discusión menor cuando, simultáneamente, el Gobierno intenta instalar en Chile una profunda agenda de seguridad pública, ampliación de facultades presidenciales y mayores restricciones frente al crimen organizado.
Ahí aparece lo que podríamos llamar el “Plan Cancerbero”.
Cancerbero era el perro de tres cabezas que custodiaba las puertas del inframundo: nadie entraba ni salía sin pasar por su vigilancia.
El problema comienza cuando quienes se presentan como guardianes de nuestra libertad terminan construyendo tantas puertas, controles, estados excepcionales y facultades extraordinarias que el ciudadano descubre que el guardián ya no solamente vigila al delincuente:
también vigila la puerta por donde transita la democracia.
Y entonces la seguridad puede transformarse en una especie de candado chino.
Ese sencillo mecanismo funciona mediante una paradoja: cuando una persona introduce los dedos e intenta liberarlos tirando con fuerza hacia lados opuestos, el tejido se aprieta todavía más. Para salir hay que hacer precisamente lo contrario: disminuir la tensión.
Una democracia puede caer en una paradoja semejante.
Cuanto más intenta proteger desesperadamente la libertad restringiéndola, más estrecho puede hacerse el espacio donde esa misma libertad sobrevive.
Nadie sensato discute que el Estado deba enfrentar con fuerza al narcotráfico, al crimen organizado, al terrorismo y a las organizaciones violentas. Una democracia incapaz de garantizar seguridad termina debilitándose.
Pero otra cosa muy distinta es acostumbrar a una sociedad a pensar que cada problema de seguridad requiere necesariamente más poder para quien gobierna y menos controles sobre ese poder.
Porque las facultades excepcionales tienen una característica histórica inquietante: suelen crearse pensando en el gobernante que uno apoya, olvidando que mañana podrían ser utilizadas por el gobernante que uno teme.
Ese debería ser también el dilema diplomático que La Moneda tendría que considerar antes de convertir al Presidente de Chile en protagonista de una plataforma ideológica internacional.
Chile puede relacionarse con gobiernos de derecha, centro o izquierda. Esa es precisamente la función de una política exterior seria. Lo peligroso comienza cuando la política exterior del Estado amenaza con confundirse con la política internacional del partido gobernante.
Y quizá por eso resulta tan vigente Michel Foucault cuando, en Vigilar y castigar, dejó una frase breve y perturbadora:
“La visibilidad es una trampa”.
Porque cuando el poder promete convertirse en nuestro vigilante permanente para proteger nuestra libertad, la pregunta democrática nunca debería ser solamente quién nos protege.
También debemos preguntar:
¿quién vigila al vigilante?
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