EL LOBO, LA SEGURIDAD Y LOS FUEGOS ARTIFICIALES
La falta de votos en el Senado comienza a desinflar una de las reformas emblemáticas del Gobierno en materia de seguridad. www.vientopatagon.com Mientras senadores de distintos sectores cuestionan la amplitud de las facultades que se pretende entregar al Ejecutivo, surge una duda inevitable: ¿estamos frente a una verdadera solución contra la delincuencia o ante otra maniobra comunicacional que vuelve a utilizar el miedo, la inmigración irregular y el orden público como combustible político?

Parece que al Gobierno se le está mojando la pólvora.
La gran reforma constitucional presentada entre tambores, cámaras y palabras enormes —SEGURIDAD, CRIMEN ORGANIZADO, TERRORISMO— necesita 29 votos en el Senado. Y, por ahora, simplemente no están.
Matías Walker ya fue bastante claro: “No cuenten con mi voto para esta locura”, advirtiendo incluso sobre una eventual “deriva autoritaria”. Karim Bianchi también señaló que, tal como está redactado el proyecto, lo rechazará. Miguel Ángel Calisto mantiene dudas y no ha comprometido su voto, mientras Pedro Araya ha levantado severos cuestionamientos al texto.
Incluso desde sectores oficialistas, como Luciano Cruz-Coke y Arturo Longton, han surgido reparos respecto de las facultades extraordinarias que se pretende entregar al Ejecutivo.
Y entonces aparece la gran pregunta:
¿Era realmente indispensable modificar la Constitución o estamos frente a otra gigantesca operación comunicacional?
Porque hasta el propio Walker ha dicho que el Gobierno sabe que no tiene los votos y ha calificado esta ofensiva como una operación destinada a mejorar su posición en las encuestas.
La receta, por cierto, ya la conocemos.
SEGURIDAD.
COMBATE A LA DELINCUENCIA.
CRIMEN ORGANIZADO.
INMIGRACIÓN IRREGULAR.
INCIVILIDADES.
ORDEN. MÁS ORDEN.
Y después, por si acaso, otro poquito de orden.
Son palabras que dieron excelentes réditos electorales.
Y parece que algunos descubrieron que, cuando una consigna funciona, lo mejor es seguir exprimiéndola hasta que no quede una gota.
El problema comienza cuando, detrás de la palabra “seguridad”, se pretende entregar al Presidente facultades excepcionales que podrían mantenerse hasta 240 días antes de requerir autorización del Congreso, con posibilidades de restringir libertades y derechos. Eso ya no es un eslogan de campaña: es una discusión seria sobre los límites del poder en democracia.
Y curiosamente, cuando empiezan a faltar los votos, aparece la posibilidad de bajar la urgencia.
Qué coincidencia.
Primero los fuegos artificiales.
Después los titulares.
Luego la épica.
Y finalmente, cuando llega la hora de contar senadores… la calculadora.
Tal vez Chile necesita menos política pirotécnica y bastante más seguridad efectiva: policías fortalecidas, inteligencia, persecución del dinero del narcotráfico, control fronterizo eficaz, fiscales con herramientas, cárceles que impidan que los delincuentes sigan dirigiendo organizaciones desde dentro y políticas públicas evaluables.
Porque combatir la delincuencia no exige firmar un cheque en blanco al poder político.
Miles de ciudadanos creyeron —y muchos todavía creen— que detrás de cada problema existe una solución sencilla, rápida y contundente.
Pero ya sabemos cómo terminan algunos cuentos:
primero aparece el miedo,
después alguien promete protegernos de todo,
y al final nos pide un poquito más de poder para poder hacerlo.
Cuidado con el cuento de Kast y el Lobo.
Porque a veces uno grita tantas veces “¡viene el lobo!” que termina olvidando mirar quién está aprovechando el miedo para quedarse con las llaves de la casa.
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