Bonhoeffer, Kast y la obediencia intelectual
Una reflexión sobre la renuncia al pensamiento crítico frente al poder, inspirada en el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer.

«La estupidez es un enemigo más peligroso del bien que la maldad».
— Dietrich Bonhoeffer (1906–1945), teólogo alemán y opositor al nazismo.
Bonhoeffer escribió estas palabras entre 1942 y 1943, cuando Alemania vivía sometida al régimen de Adolf Hitler. Su reflexión no apuntaba a la falta de inteligencia, sino a algo bastante más inquietante: la renuncia voluntaria al pensamiento crítico frente al poder político.
Para Bonhoeffer, el problema no era simplemente desconocer los hechos, sino negarse a reconocerlos cuando contradecían las propias convicciones.
Y aquí comienza una incómoda reflexión sobre el Chile de José Antonio Kast.
¿Cómo se explica que determinados seguidores de un gobernante sean capaces de justificar prácticamente todas sus decisiones, incluso aquellas que contradicen sus promesas, sus discursos anteriores o la evidencia disponible?
Kast ha manifestado posiciones favorables al legado de Augusto Pinochet, cuya dictadura dejó un historial acreditado de violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Sin embargo, entre sus partidarios persiste una defensa de ese período que muchas veces privilegia sus resultados económicos o políticos por sobre las víctimas de la represión.
En materia ambiental, sus cuestionamientos a determinadas regulaciones sobre humedales y las decisiones de su Gobierno de retirar 43 decretos ambientales han abierto legítimas controversias. Pero para sus defensores más incondicionales, toda objeción parece transformarse automáticamente en un obstáculo ideológico al progreso.
En inmigración, las promesas de expulsiones y retornos masivos han dado paso a una realidad administrativa y jurídica mucho más compleja que las consignas de campaña. Gobernar, al parecer, resulta bastante menos sencillo que prometer.
Y luego vino el episodio de los niños haitianos.
La Moneda convocó reuniones de emergencia ante antecedentes de menores cuya ubicación no había podido verificarse y posibles irregularidades migratorias.
La preocupación inicial era legítima. Pero posteriormente la propia autoridad reconoció que no existían antecedentes serios para sostener que esos niños estuvieran desaparecidos o fueran víctimas de tráfico.
La PDI terminó ubicando a 52 de los 64 menores inicialmente considerados inubicables, quienes estaban con sus familias y escolarizados.
Una cosa es investigar irregularidades administrativas y eventuales delitos. Otra, muy distinta, es permitir que una sospecha se transforme anticipadamente en una verdad política.
También hemos visto las críticas y burlas por el inglés utilizado por Kast en su intervención internacional. Su pronunciación podrá ser materia de ironía, pero sería intelectualmente deshonesto confundir dificultades idiomáticas con la calidad de las decisiones de Estado.
El problema verdaderamente político no es cómo pronuncia un presidente, sino qué dice, qué promete, qué hace y cómo responde cuando los hechos contradicen sus afirmaciones.
Y ahí reaparece Bonhoeffer.
Porque la estupidez política que describía no requiere necesariamente personas ignorantes. Puede manifestarse en ciudadanos instruidos, profesionales y dirigentes que, frente a su líder, abandonan la capacidad de cuestionar.
Si el presidente se contradice, encuentran una explicación.
Si una promesa no se cumple, responsabilizan al Gobierno anterior.
Si una denuncia pierde sustento, sostienen que al menos sirvió para abrir un debate.
Si una decisión genera consecuencias negativas, argumentan que forma parte de una estrategia que los demás todavía no comprenden.
El gobernante nunca se equivoca. La realidad es la que parece estar equivocada.
Naturalmente, esto no significa que todos los partidarios de Kast actúen de esa manera. Tampoco es un fenómeno exclusivo de la derecha. La adhesión acrítica puede instalarse en cualquier corriente política cuando la identidad partidaria reemplaza la autonomía intelectual.
Pero resulta especialmente contradictorio observar cómo sectores que hicieron de la crítica permanente a los gobiernos anteriores una bandera política pueden terminar justificando aquello que antes condenaban.
Bonhoeffer comprendió que el peligro de la obediencia intelectual no consiste solamente en aceptar una mentira, sino en perder progresivamente la capacidad de distinguirla de la verdad.
Porque cuando un ciudadano necesita justificarlo todo para no cuestionar a su líder, deja de fiscalizar al poder y comienza a servirlo.
Y una democracia no necesita ciudadanos que aplaudan cada decisión presidencial. Necesita ciudadanos capaces de exigir explicaciones, reconocer errores y ejercer su derecho a disentir, incluso frente a quienes votaron.
Quizás la pregunta más incómoda que deja Bonhoeffer no sea cuántas personas están equivocadas políticamente.
La pregunta es cuántas están dispuestas a reconocerlo cuando los hechos se lo demuestran.
La lealtad política es legítima. La obediencia intelectual jamás debería ser obligatoria.
Referencia histórica: Dietrich Bonhoeffer, Sobre la estupidez, incluido en Después de diez años (1942–1943), posteriormente publicado en Resistencia y sumisión.
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