LA RECETA ESTABA ESCRITA: KAST Y LOS RASGOS DE LA DERECHA RADICAL POPULISTA
El debate sobre la democracia liberal vuelve al centro de la política chilena. Mientras el presidente José Antonio Kast rechaza las críticas sobre un eventual giro iliberal de su Gobierno, un capítulo de La democracia pluralista bajo ataque describe al Partido Republicano como expresión chilena de la derecha radical populista y enumera rasgos —seguridad, inmigración, identidad, familia, polarización y fortalecimiento de la autoridad— que hoy aparecen con fuerza en la agenda gubernamental.

En La democracia pluralista bajo ataque.
El avance de la derecha radical populista en perspectiva comparada, Eugenio Ortega Frei dedica un capítulo a definir las características de los partidos populistas radicales de derecha.
Su lectura resulta especialmente pertinente hoy, después de que el presidente José Antonio Kast negara que su proyecto político pueda calificarse de “iliberal”.
Kast respondió a esas críticas con una curiosa definición práctica de liberalismo: “Si fuera iliberal, no estaría aquí”, dijo durante una entrevista, aludiendo a su disposición a conversar con la prensa. Pero una democracia liberal es bastante más que un Presidente concediendo entrevistas.
Supone separación de poderes, límites al Ejecutivo, respeto a los derechos fundamentales, pluralismo político y garantías para las minorías.
Y aquí es donde el capítulo de Ortega Frei adquiere una inquietante actualidad.
El autor identifica una serie de características comunes de la derecha radical populista internacional y luego señala expresamente al Partido Republicano chileno como un prototipo de esta familia política:
Pueblo versus élite.
La sociedad es presentada como dos grupos antagónicos: el “pueblo común” frente a una élite política o cultural que habría traicionado sus intereses.
El propio Kast, al defender su reforma, calificó recientemente parte de las críticas como un debate “muy de la élite”.
Orden y seguridad como eje político central. El Gobierno ha situado precisamente allí uno de sus principales pilares: “recuperar el orden y fortalecer la seguridad”.
La Cuenta Pública de junio lo estableció como el primero de sus tres grandes ejes.
Inmigración convertida en problema identitario y de seguridad.
El capítulo identifica el rechazo a la inmigración como uno de los elementos recurrentes de esta familia política.
El Gobierno de Kast ha impulsado la criminalización del ingreso clandestino, mayores plazos de retención para ejecutar expulsiones y nuevas facultades de control fronterizo.
Defensa de la familia tradicional y de valores conservadores. Ortega Frei destaca la defensa de la familia, los roles tradicionales y la oposición a las agendas de género como otro componente característico.
El propio discurso gubernamental coloca “la vida y la familia” entre sus principios políticos fundamentales.
Polarización como herramienta política.
El adversario deja de ser simplemente alguien que piensa distinto y pasa progresivamente a representar una amenaza: la élite, el inmigrante, el delincuente, el “otro”.
El libro advierte precisamente sobre esta construcción binaria entre buenos y malos, nacionales y extranjeros, pueblo y élite.
Fortalecimiento de la autoridad frente a los contrapesos.
Este es quizá el punto más sensible. La reforma constitucional de seguridad impulsada por Kast permitiría decretar un nuevo estado de excepción durante hasta 240 días inicialmente sin autorización del Congreso, restringiendo libertades de locomoción y reunión y permitiendo restricciones a la asociación e intervención de comunicaciones. Frente a las críticas, Kast ha señalado que cree en “autoridades fuertes” cuando determinadas situaciones requieren restringir libertades.
Aquí aparece la contradicción central.
El Gobierno sostiene que estas facultades son necesarias para combatir el crimen organizado y proteger precisamente la libertad de quienes viven amenazados por la delincuencia; ese es el argumento con que Kast defiende la reforma.
Pero la pregunta democrática sigue siendo inevitable: ¿cuánto poder estamos dispuestos a concentrar en una autoridad para defender la libertad antes de comenzar a debilitar las garantías que hacen posible esa misma libertad?
El capítulo de Ortega Frei no describe necesariamente una dictadura ni sostiene que toda derecha conservadora sea antidemocrática. Describe algo más complejo: una derecha radical populista que participa de elecciones y utiliza las instituciones democráticas, pero que tensiona algunos componentes esenciales de la democracia liberal y pluralista.
Por eso resulta insuficiente responder que un Gobierno es liberal porque su Presidente concede entrevistas.
La prueba de una democracia liberal no está en cuántas veces habla el gobernante con la prensa.
Está en cuánto poder está dispuesto a no tener.
Y cuando se compara la caracterización académica del Partido Republicano contenida en este libro con algunos de los principales ejes que está desarrollando hoy el Gobierno —seguridad, inmigración, identidad, familia, polarización y ampliación de facultades presidenciales—, la semejanza deja de ser solamente teórica.
Más que una improvisación, parece una hoja de ruta.
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