GUILLERMO EUGENIO SCHMIDT GODOY: EL CARABINERO QUE PREFIRIÓ MORIR ANTES QUE ASESINAR TRABAJADORES
Jurar por Dios y por la bandera no significa obedecer ciegamente a quien ostenta un grado superior. Significa comprometerse con la patria, con la Constitución y, especialmente, con la vida y la dignidad de sus habitantes. Significa estar dispuesto a entregar la propia vida, si fuese necesario, para protegerlos.

Guillermo Eugenio Schmidt Godoy llevó ese juramento hasta sus últimas consecuencias.
Tenía apenas 23 años, era carabinero de la Cuarta Comisaría de Antofagasta, estaba casado y era padre de tres hijos. El 11 de septiembre de 1973, mientras el golpe de Estado destruía el orden constitucional, Schmidt llegó a su unidad sabiendo que su posición política y su lealtad al gobierno legítimamente constituido lo convertían en un hombre marcado.
Al ingresar a la comisaría le quitaron su arma de servicio. Fue insultado, amenazado y conducido ante sus superiores. Allí se encontraban tres obreros detenidos y heridos, capturados durante la represión desatada en la ciudad.
Según los testimonios conocidos posteriormente, sus superiores le ofrecieron una salida: si asesinaba a aquellos trabajadores indefensos, le perdonarían la vida. Si se negaba, él también moriría.
Era una orden criminal. Una prueba destinada a obligarlo a traicionar sus convicciones, su uniforme y el juramento que había prestado.
Guillermo Schmidt respondió:
“Yo no mato trabajadores”.
Cuando volvieron a presionarlo, recordó que había jurado defender la patria y respetar la Constitución. Comprendía que la patria no era una junta militar ni un grupo de oficiales sublevados. La patria eran sus habitantes: aquellos obreros heridos, sus familias y todo un pueblo que debía ser protegido, no convertido en enemigo.
Schmidt llevaba oculta un arma que no había sido descubierta cuando le retiraron su revólver de servicio. Rodeado por hombres armados y sabiendo que probablemente no saldría con vida, tomó una decisión extrema: disparó contra los dos oficiales que pretendían obligarlo a ejecutar a los prisioneros. Ambos murieron.
Entonces comenzó la balacera.
Guillermo cayó herido. Fue golpeado brutalmente en la cabeza y recibió disparos en los pies para impedirle avanzar. Ensangrentado, todavía intentó arrastrarse hacia el cuarto de armas, pero perdió el conocimiento.
Después fue sometido a interrogatorios y torturas para que revelara los nombres de otros carabineros vinculados a la resistencia contra el golpe. No delató a sus compañeros.
El 12 de septiembre fue ejecutado. La versión difundida por las nuevas autoridades sostuvo que había sido condenado a muerte por un Consejo de Guerra. Sin embargo, la Comisión Rettig estableció que no existía certeza de que ese consejo se hubiera realizado efectivamente, que Schmidt no contó con un abogado y que fue ejecutado sin un proceso regular, al margen del derecho y de la justicia.
Antes de morir escribió una última carta a su madre. Le pidió que cuidara a sus nietos, que no lo olvidara y que le diera un beso a su hermano Eric. Firmó sencillamente:
“Te quiere, Willy”.
Guillermo Schmidt pudo obedecer y conservar su vida. Pudo disparar contra tres hombres indefensos y refugiarse después en la excusa tantas veces utilizada por los responsables de atrocidades: “Yo solamente cumplía órdenes”.
Pero no lo hizo.
Comprendió que ninguna jerarquía transforma un asesinato en un acto legítimo; que un uniforme no libera a nadie de su conciencia y que la obediencia termina allí donde comienza el crimen.
Su acción no fue una traición al juramento institucional: fue su cumplimiento más profundo. Mientras otros rompían la Constitución y volvían las armas del Estado contra su propio pueblo, él defendió la vida de quienes estaban bajo su custodia y entregó la suya en el intento.
Guillermo Eugenio Schmidt Godoy perdió la vida, pero conservó intactos su honor, sus principios y su humanidad.
Su historia nos recuerda que el verdadero heroísmo no consiste en obedecer al más poderoso, sino en tener el valor de decir “no” cuando obedecer significa asesinar.
Honor y memoria para Guillermo Schmidt, el carabinero que prefirió morir antes que convertirse en verdugo de su propio pueblo.
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