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IZQUIERDA Y DERECHA: CUANDO LA GEOGRAFÍA SE CONVIRTIÓ EN POLÍTICA

Parece un cuento. Pero ocurrió. Francia, 1789. Mientras una monarquía, una nobleza y un clero privilegiados vivían protegidos por un orden construido durante siglos, una enorme mayoría de franceses pertenecía al llamado Tercer Estado.

Víctor Reyes2 min de lectura

El pan se había vuelto insoportablemente caro. Malas cosechas y una profunda crisis económica golpeaban especialmente a campesinos y trabajadores urbanos.

El Estado estaba prácticamente quebrado y Luis XVI se vio obligado a convocar los Estados Generales.

Y allí comenzó algo extraordinario.
No solamente una revolución.
También nacieron dos palabras que todavía dividen políticamente al mundo: IZQUIERDA y DERECHA.
Durante los debates de la Asamblea Nacional sobre cuánto poder debía conservar Luis XVI, los revolucionarios contrarios a mantener una monarquía fuerte comenzaron a sentarse a la izquierda del presidente de la Asamblea.
Los defensores de una mayor autoridad del rey y del orden tradicional se agruparon a la derecha.
Primero fue simplemente geografía.

Después se convirtió en política
A un lado estaban quienes querían transformar profundamente el viejo orden. Al otro, quienes pretendían conservar una mayor parte de sus instituciones y de la autoridad monárquica.
Pero afuera de aquella sala había algo muchísimo más peligroso que cualquier discusión parlamentaria:
había hambre, desigualdad y rabia acumulada.
El Tercer Estado representaba aproximadamente al 98 % de la población francesa, aunque el sistema tradicional permitía que los otros dos estamentos —nobleza y clero— pudieran imponerse políticamente mediante la votación por órdenes.

Entonces la historia comenzó a acelerarse.

El Tercer Estado se declaró Asamblea Nacional.
Juró no dispersarse hasta darle una Constitución a Francia.
Y el 14 de julio de 1789, París estalló.
Miles salieron a las calles y la Bastilla cayó. Aquella fortaleza, símbolo de la arbitrariedad del poder real, se convirtió en el símbolo de una revolución que ya no podía detenerse.

Los privilegios feudales comenzaron a derrumbarse.
Y aquel rey que había convocado una asamblea intentando solucionar la crisis terminó siendo arrastrado por una revolución que acabó con su propia monarquía.

El 21 de enero de 1793, Luis XVI fue guillotinado.

No murió simplemente porque “la izquierda decidió matarlo”. Entre 1789 y 1793 ocurrieron la caída de la monarquía, la radicalización revolucionaria, guerras exteriores, la fallida huida del rey y finalmente su juicio y condena por alta traición. Esa precisión histórica importa.

Pero hay una enseñanza política que permanece abierta.

Cuando una sociedad permite que la riqueza, los privilegios y las oportunidades se concentren mientras una parte importante de su población siente que trabaja, paga y sobrevive sin esperanza de mejorar, el descontento puede dejar de ser silencioso.

Eso ocurrió en Francia.

Y entonces quienes parecían eternamente poderosos descubrieron algo que la historia ha demostrado muchas veces:
ningún privilegio es eterno cuando quienes sostienen una sociedad dejan de aceptar el orden que los mantiene abajo.
Han pasado 237 años.

Seguimos hablando de izquierda.

Seguimos hablando de derecha.

Seguimos discutiendo sobre riqueza,
impuestos, privilegios, desigualdad y poder.
Quizás por eso vale la pena recordar dónde comenzaron esas palabras.

Porque la historia no necesariamente se repite de la misma manera.
Pero a veces hace preguntas extraordinariamente parecidas

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Víctor Reyes
Redacción · 11 de septiembre de 2026 · 17:01

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