Cuando obedecer deja de ser honor
Hay momentos en la historia en que el verdadero valor de un militar no se mide por su capacidad de obedecer, sino por su capacidad de decir NO cuando una orden vulnera la dignidad humana.

En septiembre de 1973, el teniente coronel Efraín Jaña Girón, jefe militar de Talca, quedó enfrentado precisamente a esa disyuntiva.
Los antecedentes históricos señalan que se resistió a aplicar la política de “mano dura” contra quienes habían apoyado al gobierno de Salvador Allende.
Cuando Sergio Arellano Stark llegó a Talca el 30 de septiembre, Jaña fue relevado de su mando, arrestado, sometido a Consejo de Guerra, encarcelado y torturado. El INDH lo identifica como uno de los altos mandos que se negó a la represión y posteriormente fue reconocido como víctima Valech.
¿Qué significa el honor militar cuando la obediencia exige atropellar al compatriota?
Jaña pudo haber elegido el camino más fácil: obedecer, conservar el grado, proteger su carrera y quedar del lado de quienes concentraban el poder y las armas. Pero resistirse significaba exponerse él mismo a la maquinaria represiva. Y eso fue precisamente lo que ocurrió.
Su historia recuerda una cuestión esencial: ningún uniforme transforma una orden criminal en una orden legítima.
La disciplina militar no puede convertirse en una renuncia a la conciencia ni en una autorización para torturar, asesinar o hacer desaparecer seres humanos.
Y Efraín Jaña no fue el único uniformado que sufrió por quedar al otro lado de quienes controlaban las Fuerzas Armadas.
El caso del general de la Fuerza Aérea Alberto Bachelet Martínez, padre de la expresidenta Michelle Bachelet, constituye uno de los episodios más dolorosos.
Fue detenido después del golpe y torturado por integrantes de su propia institución, incluidos antiguos subalternos.
Murió el 12 de marzo de 1974 mientras permanecía prisionero.
La Comisión Rettig concluyó que los malos tratos y torturas sufridos agravaron su enfermedad cardíaca y estuvieron vinculados a su muerte.
Décadas después, la justicia condenó a dos exoficiales de la FACH por los tormentos infligidos al general Bachelet.
Ahí aparece una de las contradicciones más terribles de nuestra historia: militares perseguidos, encarcelados y torturados por otros militares; camaradas convertidos en verdugos de sus propios camaradas.
Por eso recordar a Efraín Jaña no debería ser patrimonio exclusivo de una posición política. También permite preguntarnos qué entendemos por honor militar.
Porque el honor no consiste solamente en obedecer.
También consiste en reconocer que existe una frontera que ningún soldado debería cruzar.
Una orden puede provenir de un superior. Puede venir acompañada de amenazas, galones y armas. Pero si exige cometer un crimen, obedecerla no convierte el crimen en deber.
Efraín Jaña pagó un precio enorme por no actuar con la dureza que sus superiores exigían. Alberto Bachelet sufrió torturas provenientes de hombres de su propia Fuerza Aérea y murió prisionero.
Sus historias dejan una pregunta que sigue interpelándonos más de medio siglo después:
Cuando obedecer significa destruir la vida de otro ser humano, ¿dónde está el verdadero honor: en cumplir la orden o en tener el valor de negarse?
La historia también se construye con aquellos que, cuando todos parecían obligados a obedecer, se atrevieron a decir NO.
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