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LOS POBRES RICOS Y LA HERENCIA DE LA DESIGUALDAD

Mientras las élites políticas y empresariales concentran el poder y transmiten sus privilegios de generación en generación, la mayoría ciudadana hipoteca treinta años de vida para alcanzar una vivienda, un vehículo y una estabilidad mínima, atrapada en un modelo que convierte la dignidad en deuda y la desigualdad en herencia.

Víctor Reyes3 min de lectura

La élite política y empresarial ocupa y se reparte los espacios de poder para proteger sus ventajas, reproducir sus privilegios y decidir las reglas de un sistema que siempre termina beneficiando a los mismos. Cambian los nombres, los cargos y los discursos, pero los sitios de influencia continúan copados por familias, grupos económicos, operadores políticos y redes de confianza que se alternan sin alterar las bases de la desigualdad.
Mientras tanto, una ciudadanía empobrecida observa y muchas veces admira a quienes concentran la riqueza. Thorstein Veblen explicó este fenómeno mediante la emulación pecuniaria: las personas intentan parecerse a las clases privilegiadas imitando sus símbolos de éxito y sus formas de consumo, aunque su realidad económica sea completamente diferente.
Para una familia trabajadora, el gran sueño suele ser modesto: una casita propia, un vehículo, un empleo estable, acceso oportuno a la salud y una vejez digna. Sin embargo, aquello que debería representar un piso mínimo de seguridad se presenta como si fuera una aspiración extraordinaria.
La vivienda se paga durante veinte o treinta años. El vehículo se compra mediante créditos. El empleo estable se vuelve excepcional. Los hijos crecen viendo a sus padres trabajar una vida entera para cubrir deudas, mientras las carencias económicas, educativas y sociales se transmiten de una generación a otra.
Así se pasa la vida: trabajando para pagar una casa que solo termina de pertenecernos cuando ya estamos cerca de jubilar; pagando un automóvil que aparenta prosperidad, pero que muchas veces continúa siendo del banco; postergando la salud, el descanso, la familia y los proyectos personales para sobrevivir dentro de un mercado que convierte cada necesidad en un negocio.
Después llega la jubilación deficitaria. Justo cuando aumentan los gastos en medicamentos, consultas médicas, calefacción, alimentación y cuidados, disminuyen drásticamente los ingresos. El trabajador que sostuvo durante décadas la economía termina obligado a elegir entre tratarse, alimentarse, calefaccionarse o pagar sus cuentas.
Mientras la mayoría envejece de esta manera, la élite dispone de patrimonio, propiedades, contactos, inversiones, seguros, educación privilegiada y capacidad para heredar oportunidades. Los pobres transmiten deudas y carencias; los ricos transmiten capital, influencia y poder.
El triunfo más profundo de este sistema consiste en lograr que una parte de la ciudadanía no cuestione a quienes acumulan privilegios, sino que sueñe con parecerse a ellos. En vez de reconocerse junto a otros trabajadores, algunos se sienten socialmente superiores porque consiguieron una camioneta, una vivienda hipotecada o un cargo circunstancial. Son los pobres ricos: trabajadores que adoptan la apariencia y el discurso de quienes dominan, pero que continúan dependiendo de un salario y están a una enfermedad, un despido o una crisis de perderlo todo.
No es pobreza aspirar a una vivienda, un vehículo o estabilidad. Pobre es una sociedad que obliga a trabajar treinta años para conseguirlos y después llama “privilegiado” a quien finalmente alcanza lo mínimo. Pobre es un país donde la dignidad se compra a crédito, la salud depende del bolsillo y la vejez se transforma en castigo.
La desigualdad no se sostiene únicamente mediante el dinero. También se conserva mediante la admiración, la resignación y la ilusión de que cualquiera podrá llegar algún día a ocupar el lugar de los privilegiados.
El verdadero progreso no consiste en que el pobre pueda imitar al rico, sino en construir una sociedad donde ninguna familia tenga que hipotecar toda su vida para vivir con dignidad.
Dos realidades separadas por pocos metros: mientras una minoría hereda patrimonio y oportunidades, miles de familias hipotecan treinta años de vida para alcanzar una vivienda y una estabilidad mínima.

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Víctor Reyes
Redacción · 29 de agosto de 2026 · 11:43

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