Bajo la nube de la IA: el pacto de Colombia con EE.UU. que profundiza el extractivismo digital en los territorios
La reciente firma de un memorando para asegurar minerales críticos y tierras raras revela el costo territorial y laboral oculto detrás de la inteligencia artificial.

Durante la visita de Marco Rubio a Colombia, se firmó un memorando de entendimiento sobre minerales críticos y tierras raras que apunta directamente a insertar al país en las cadenas globales de la inteligencia artificial. Lejos de la imagen inmaterial de la “nube”, la IA tiene una geografía y un subsuelo: detrás de cada algoritmo hay minas, redes eléctricas, agua, territorios y trabajo humano, gran parte de él exploratorio y precarizado. Como han señalado investigaciones recientes, la inteligencia artificial es también una industria extractiva.
La escala de esta infraestructura crece sin freno. La Agencia Internacional de Energía calculó que los centros de datos consumieron cerca de 415 teravatios-hora de electricidad en 2024, una cifra que podría más que duplicarse hacia 2030, representando el 3% del consumo global. Este auge reorganiza las cadenas de energía y materias primas, convirtiendo a los minerales críticos en una cuestión geopolítica. El acuerdo entre Colombia y Estados Unidos busca asegurar cadenas “resilientes, diversificadas y justas”, proponiendo identificar y financiar proyectos de minería y procesamiento en solo seis meses.
El gobierno colombiano promete que no solo exportarán materias primas, sino que avanzarán hacia el procesamiento, la industria y la innovación. Sin embargo, esta promesa choca con la desfinanciación de la educación superior, la ciencia y la tecnología. Bajo la política “America First” de EE.UU., el riesgo es replicar una vieja relación de dependencia: los territorios del sur suministran naturaleza y trabajo barato, mientras otros concentran la tecnología, la propiedad intelectual y las mayores ganancias. Cambian los productos —del oro al litio—, pero la arquitectura extractivista se mantiene.
Este extractivismo digital no se limita a los minerales y la energía; también extrae vida y trabajo. Los sistemas “inteligentes” requieren enormes cantidades de mano de obra para clasificar imágenes, transcribir audios o moderar contenidos. Buena parte de este trabajo se realiza en el Sur Global a través de plataformas digitales y tercerización, aprovechando las diferencias de costos. El valor generado atraviesa fronteras, pero la precariedad permanece localizada en nuestros territorios.
Un punto crítico del acuerdo es la referencia a “agilizar” los permisos para proyectos mineros. Si bien los procedimientos pueden ser más claros, en Colombia hay una frontera que no debe cruzarse: la consulta previa es un derecho fundamental de las comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas. La presión internacional por asegurar materias primas rápido puede chocar con los tiempos de la deliberación democrática y la protección ambiental.
En cualquier tipo de extractivismo, los beneficios circulan globalmente, pero las externalidades —pérdida de agua, transformación de ecosistemas, conflictos por el territorio— se quedan en el lugar de extracción. Son absorbidos por quienes viven donde comienza la cadena. La discusión sobre IA no puede limitarse a aplicaciones o regulación; urge discutir su economía política y material.
Colombia ya está entrando en las cadenas globales de la IA. La pregunta es qué entregarán para hacerlo y cuánto valor se quedará en los territorios. Estos acuerdos pueden ser una oportunidad para transformar recursos en conocimiento y empleo digno, o pueden convertirse en un nuevo capítulo de una historia antigua: la del extremo extractivo que paga los costos mientras otros concentran las ganancias.
Con información de: La Silla Vacía (Colombia).
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