TRUMP, EL “HÉROE” DE UNA GUERRA QUE YA NO CABE EN TRUTH SOCIAL
Detrás del relato triunfalista de Donald Trump y sus anuncios de victoria y paz, la guerra contra Irán deja una realidad mucho menos épica: miles de muertos, miles de millones de dólares gastados y señales de agotamiento extremo entre las propias tropas estadounidenses. Mientras el presidente intenta proyectarse en redes sociales como el hombre que controla el conflicto y salva al mundo, el costo humano y económico revela los límites de una superpotencia que también comienza a desgastarse desde dentro.

Donald Trump cumplió 80 años mientras dirige la mayor potencia militar del planeta y continúa intentando vender la guerra contra Irán como si fuera otra temporada de su reality personal: él anuncia la victoria, él anuncia la paz, él amenaza, él vuelve a bombardear y luego vuelve a anunciar que todo está bajo control.
En las redes sociales del presidente siempre aparece el mismo protagonista: Donald Trump.
El hombre fuerte.
El negociador.
El pacificador.
El comandante.
El héroe que, según su propio relato, vuelve a salvar al mundo.
El problema comienza cuando uno apaga Truth Social y mira lo que ocurre fuera de la pantalla.
Solo durante los primeros doce días de la guerra, el costo estimado para Estados Unidos alcanzó aproximadamente US$16.500 millones. Una cifra difícil de imaginar: miles de millones quemándose en misiles, operaciones aéreas, combustible y despliegues militares mientras desde Washington se continúa hablando de fortaleza, victoria y superioridad.
Y detrás de cada misil existe algo que jamás aparece con el mismo entusiasmo en las publicaciones presidenciales: personas.
En Irán, los muertos se cuentan por miles. Civiles, niños, soldados, familias destruidas. Y también existe un costo humano que comienza a aparecer dentro de la propia maquinaria militar estadounidense.
El portaaviones USS Abraham Lincoln, uno de los mayores símbolos del poder naval norteamericano, lleva más de ocho meses desplegado. Cerca de 5.000 marineros y marines viven allí mientras familiares han denunciado agotamiento extremo, deterioro de las condiciones de vida y episodios en que tripulantes habrían intentado lanzarse por la borda.
La Armada estadounidense discute que exista un aumento acreditado de intentos de suicidio.
Pero incluso esa controversia deja una imagen difícil de borrar:
la superpotencia que pretende demostrar que doblegó a Irán tiene que comenzar a preguntarse por la salud mental de los hombres que envió a hacerlo.
Ahí aparece la parte de la guerra que nunca entra bien en una fotografía presidencial.
Porque las guerras televisadas desde un despacho parecen simples: se mueve un portaaviones, despega un avión, cae una bomba y el presidente escribe “VICTORIA”.
Pero abajo hay seres humanos.
Y arriba también.
Trump ha anunciado treguas, acuerdos y avances hacia la paz que posteriormente han terminado enfrentados a nuevas hostilidades. Estados Unidos ha vuelto a atacar y el conflicto continúa. Mientras tanto, Irán sigue disputándole incluso el control del estratégico estrecho de Ormuz.
Curiosa forma de haber ganado una guerra.
Más curioso todavía es observar al mismo presidente que durante años ridiculizó a Joe Biden llamándolo “Sleepy Joe”, enfrentando ahora fotografías y videos donde aparece reiteradamente con los ojos cerrados durante actos oficiales. Trump asegura que no duerme: dice que a veces simplemente se aburre.
Tal vez sea esa la gran ironía de esta guerra.
El presidente puede aburrirse.
Los soldados no.
Las familias iraníes tampoco.
Mientras Trump construye en sus redes sociales la imagen de un estadista providencial, casi un superhéroe geopolítico capaz de resolver guerras con una publicación escrita en mayúsculas, la realidad continúa enviándole notificaciones que no puede borrar:
miles de muertos, miles de millones de dólares consumidos, un estrecho estratégico todavía en disputa y miles de militares estadounidenses agotados después de meses embarcados.
Porque una cosa es conquistar el algoritmo.
Otra bastante distinta es conquistar un país.
Y quizá detrás de toda esta exhibición de poder se esté descubriendo una verdad mucho más incómoda:
Estados Unidos puede tener los portaaviones más grandes del planeta, los aviones más sofisticados y un presupuesto militar que ninguna pequeña nación persa puede igualar. Pero ninguna superpotencia dispone de soldados infinitos, dinero infinito ni resistencia humana infinita.
La guerra que en las redes de TrUmp siempre parece estar a horas de terminar lleva meses recordándole eso.
Y mientras el autoproclamado pacificador vuelve a publicar que tiene todo bajo control, desde uno de los portaaviones más poderosos jamás construidos algunos de sus propios hombres parecen estar diciendo exactamente lo contrario.
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