Punto de no retorno: el Amazonas se apaga y el clima de Aysén también pierde
La selva tropical se acerca al umbral del 20% de deforestación que activaría su colapso irreversible, y con ello, el clima que sostiene la vida en la Región de Aysén.

La imagen desde las alturas es impactante: una alfombra verde interminable surcada por ríos que parecen culebras amarillas. Pero esa inmensidad esconde una fragilidad extrema. La selva amazónica, hogar de más de 35 millones de personas, se acerca a un umbral crítico que la ciencia ya definió como “punto de no retorno”.
Según se mencionó en El Divisadero, si la deforestación alcanza el 20%, la selva perderá la capacidad de generar sus propias lluvias y comenzará un proceso de sabanización. Al día de hoy ya hemos destruido cerca del 17%. El margen que resta no se mide en décadas, sino en un puñado de hectáreas.
El Amazonas no es un problema lejano. Actúa como el órgano vital regulador del clima y la vida en toda la Tierra. Si ese motor se apaga, el mayor sumidero de carbono se convierte en una chimenea masiva, devolviendo toneladas de los desechos acumulados por siglos. Para la Región de Aysén, donde el agua, el bosque nativo y el clima son la base de la vida cotidiana, el colapso amazónico significaría alteraciones profundas en el régimen hídrico, la agricultura y la seguridad territorial de las comunidades.
La responsabilidad es política. El medio ambiente se ha transformado en un campo de batalla ideológico. Un partido adopta la bandera verde —a veces de forma muy superficial— y el opositor, con el puro afán de discrepar, adopta posturas negacionistas o prioriza el extractivismo inmediato para generar empleo a corto plazo. Lo que debería ser un consenso científico universal se fragmenta.
Mientras tanto, cada inicio de primavera o verano se transforma en una sentencia de muerte para las áreas verdes del planeta. Las estaciones que antes daban inicio al florecimiento de la vida han pasado a ser temporada de incendios y sequías extremas que acaban con todo tipo de vida a su paso.
El destino del planeta está en manos de unos pocos, y las decisiones que tomen —o dejen de tomar— en el corto plazo definirán si el colapso global se detiene o se acelera. El margen para evitar el punto de no retorno se reduce a un puñado de hectáreas. Hasta el momento todos vamos en el mismo barco: si se hunde, nos ahogamos todos. O nos salvamos o irremediablemente desaparecemos.
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