El voto latino que llevó a Trump al poder en Texas ahora le pasa la cuenta
Deportaciones, costo de vida y promesas rotas erosionan el apoyo hispano que en 2024 dio a Trump victorias históricas en el Valle del Río Grande.

En el Valle del Río Grande, en el sur de Texas, más del 90% de la población se identifica como latina o hispana. Allí Trump logró en 2024 un apoyo histórico: se impuso en los cuatro condados (Cameron, Hidalgo, Starr y Willacy) con ventajas de entre 3 y 16 puntos, después de haber perdido por 15 en 2020. Lo consiguió con una retórica de valores conservadores, blindaje de la frontera y promesas de mejora económica en una zona donde las familias ingresan un tercio menos que el promedio nacional y el índice de pobreza duplica al del país, según se mencionó en El Mostrador. Dos años después, las encuestas muestran a los demócratas a la cabeza en intención de voto de cara a las midterms del 3 de noviembre, en las que está en juego el control del Congreso.
El desencanto tiene nombres y rostros. Jessica Cantú, de 38 años y madre de seis, votó por Trump en 2024 y hoy ve a su hermano deportado. «Aseguró que iría tras los criminales y los que veo deportados no lo son, son gente buena trabajadora», dice a BBC News Mundo. «También dijo que acabaría con las guerras, que mejoraría la economía. Pero atacó Irán, puso aranceles, rompió sus promesas y nos dio la espalda». Su conclusión resume un sentir más amplio: «Los latinos nos sentimos usados y traicionados».
Las cifras respaldan ese malestar. Solo en julio de 2026 se registraron 49.571 arrestos de ICE, un récord, y Texas concentró alrededor de un tercio de todas las detenciones del país, más que cualquier otro estado, según datos oficiales obtenidos por el Deportation Data Project de la Universidad de California. Esos mismos datos muestran que las detenciones de inmigrantes con antecedentes penales alcanzaron un mínimo histórico del 27% en julio. El padre Roy Snipes, párroco de la capilla católica La Lomita, lo dice desde el púlpito: «No hay ninguna excusa válida para detener, encarcelar y deportar a gente pobre y buena que son nuestros vecinos».
El debate no es blanco o negro. El alcalde republicano de McAllen, Javier Villalobos, aplaude el control fronterizo, pero admite que el problema surge cuando las deportaciones afectan a personas trabajadoras que respetan la ley. Richard Gonzalez, presidente del Partido Demócrata en el condado de Hidalgo, coincide en el fondo: «¿Queremos fronteras seguras? Absolutamente. ¿Queremos que se hagan cumplir las leyes migratorias? Sí, claro, pero de forma humana». El profesor Álvaro J. Corral lo sintetiza: «El votante promedio no quiere lo que se vio con Biden en la frontera, pero tampoco quiere lo que está viendo ahora con ICE bajo Trump».
El costo de la vida también pesa. El pastor evangélico Luis Cabrera, que en 2022 se definía como «consejero espiritual» de la republicana Mayra Flores, reconoce que el ambiente en la comunidad es de «desasosiego»: «Entiendo la frustración. Yo también le pongo gasolina a mi carro y hago la compra». Aun así insiste en votar por quienes representan sus valores y empuja la iniciativa «Souls to Polls» para llevar a los fieles a las urnas anticipadas.
Las encuestas nacionales acompañan ese desgaste: en mayo, Pew Research Center halló que el 52% de los estadounidenses consideraba excesivas las medidas de control migratorio, y un sondeo de Politico y Public First de finales de septiembre identificó que un 31% de los republicanos no alineados con el movimiento de Trump cree que la campaña de deportaciones se volvió demasiado agresiva. En el Valle del Río Grande muchos hablan de un «sistema roto» y piden una reforma migratoria que permita salir de las sombras a quienes trabajan. Esa reforma sigue sin concretarse, y la pregunta que queda abierta es si el voto que llevó a Trump al poder le pasará la cuenta en las urnas.
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