La revisión técnica y su sala de espera: aprobados, rechazados y nervios
Crónica de una mañana de trámites donde la inquietud se contagia fila adentro y los diagnósticos caen como sentencias.

Cerca de la fecha de la revisión técnica, el cronista solía encargar al mecánico que “me pasara la revisión”. Este año se hizo cargo: reservó hora y llegó muy temprano, cuando ya había un conductor con jockey en la primera fila de tres, a la izquierda, donde se ubican las personas con reserva. Al bajarse a preguntar, se le adelantó un tipo que venía detrás: quedó tercero, según se relata en la crónica publicada originalmente en El Divisadero.
A medida que la gente se ubicaba en la fila, pronto empezaron a bajarse a revisar las luces de estacionamiento, viraje, frontales, altas y bajas, e invariablemente limpiaban sus vidrios y el panel. Al cronista le ocurrió lo mismo: se abocó a la aplicación de silicona al panel y a cuanto veía, todo lo que no hizo en un año. Como que les atacaba una crisis de confianza, un remordimiento.
Los dos conductores mencionados se bajaron a hablar con un funcionario que llegó como en una urgencia clínica, con una Tablet y un rostro impertérrito con el que miraba las patentes. Al cronista le espetó “revisión técnica anterior”; mostró el documento y le indicaron pasar a pagar. En la caja, uno de los conductores hablaba mucho mientras pagaba a una señorita risueña, se notaba nervioso; el otro, más callado, hablaba de su grúa.
Tras pagar pasó a otra sala: un espacio amplio con casino y vista panorámica a la cancha de pruebas. Allí vio mucha gente preocupada y al señor del jockey del inicio que seguía hablando mucho, al que se sumaban otros. Uno dijo derechamente que estaba nervioso y el que le quitó el lugar estaba silente, acodado en la ventana, mirando con cara de quien espera el arribo de un náufrago.
Llegaron los diagnósticos de los “pacientes”: “rechazado, parabrisas, 15 días”. El tipo que le ganó el puesto, a continuación: “rechazado, frenos, 15 días”. El lugar era como una sala de espera en una maternidad; no creo que haya un sitio donde la inquietud y la comunión masculina se haga más patente, apunta la crónica.
Al fin lo llamaron: una señorita le dijo “aprobado”. Terminó la espera y salió raudo y satisfecho, con una experiencia nueva que no imaginaba en sus contornos dramáticos. La crónica deja abierta la inquietud de quienes, con reserva o sin ella, enfrentan cada año el trámite y sus rechazos, de acuerdo con lo informado por El Divisadero.
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