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“ LA PRENSA AYUDÓ A CONSTRUIR UNA VERDAD OFICIAL

Una portada de 1977 que hoy habla por sí sola: mientras la dictadura negaba la existencia de detenidos desaparecidos, parte de la prensa reproducía como verdad el relato oficial. A casi medio siglo, estos archivos recuerdan por qué la libertad de prensa, el pluralismo y el periodismo independiente son esenciales para una democracia.

Víctor Reyes4 min de lectura

La portada que vemos no es una recreación ni una exageración retrospectiva.

Corresponde a La Segunda del 9 de febrero de 1977. Sobre un enorme titular —“NO HAY TALES DESAPARECIDOS”— aparecía la frase “NUEVA FELONÍA MARXISTA ANTE LOS TRIBUNALES”.

La información reproducía la tesis oficial según la cual personas denunciadas como detenidas desaparecidas no estaban en poder de los organismos represivos y que las denuncias constituían una maniobra política. Décadas después, la documentación sobre violaciones de derechos humanos mostraría una realidad radicalmente distinta.

La Segunda pertenecía al grupo El Mercurio S.A.P.

El tristemente célebre titular “EXTERMINADOS COMO RATONES” fue publicado por La Segunda el 24 de julio de 1975, en el contexto de la llamada Operación Colombo.

Se informó que 59 militantes del MIR habían muerto en Argentina, mientras otros periódicos reprodujeron versiones similares sobre supuestas pugnas internas entre opositores.

Posteriormente se estableció que aquello formaba parte del montaje destinado a encubrir la desaparición y asesinato de opositores detenidos por los organismos represivos de la dictadura, como Edgardo Enriquez, hermano de Miguel Enriquez.

Por eso estas portadas tienen hoy un valor que va mucho más allá de una antigua página de diario. Son documentos históricos sobre el poder que puede tener una prensa cuando deja de interrogar al poder y comienza simplemente a reproducir su relato.

Después del golpe de Estado de 1973, los medios vinculados a la Unidad Popular fueron clausurados, sus bienes confiscados y numerosos trabajadores de prensa fueron detenidos o enviados al exilio.

Los medios autorizados para continuar operando estuvieron sometidos, en distintos períodos, a censura, restricciones e intervención sobre sus contenidos.

Frente a ese escenario aparecieron publicaciones como APSI, Análisis, Cauce, Hoy, Fortín Mapocho y posteriormente La Época, que abrieron espacios para denuncias sobre derechos humanos y para voces que difícilmente tenían cabida en la prensa predominante.

Aquello tuvo costos concretos.

Hubo prohibiciones para publicar fotografías, requisición de ejemplares, censura previa, clausuras, procesos judiciales contra periodistas y restricciones especiales durante los estados de sitio. Análisis, Cauce, APSI y Fortín Mapocho, entre otros, conocieron directamente esas medidas.

Con el retorno democrático desapareció buena parte de la censura estatal característica de la dictadura, pero muchos medios opositores enfrentaron otro problema: la sobrevivencia económica.

Perdieron cooperación internacional, tuvieron dificultades para conseguir publicidad y debieron competir dentro de un mercado fuertemente concentrado.

Memoria Chilena señala precisamente que varios terminaron cerrando durante los años noventa debido a graves problemas de financiamiento; Fortín Mapocho cerró en 1991 por esas dificultades, Análisis llegó hasta 1993 y APSI hasta 1995.

La libertad de prensa no consiste solamente en que el Estado no censure.

También necesita pluralidad de propietarios, diversidad editorial, periodistas capaces de contradecir a gobiernos y grandes intereses económicos, medios regionales fuertes y ciudadanos que puedan comparar distintas fuentes.

Porque una democracia puede tener cientos de páginas, radios, canales y portales y, sin embargo, empobrecer su debate si todos terminan mirando la realidad desde los mismos centros de poder.

Por eso los medios independientes, regionales, comunitarios y digitales cumplen una función indispensable. Internet derribó en parte la antigua barrera que hacía que unos pocos grupos económicos decidieran qué llegaba a millones de personas. Capitulo aparte merece la operación política llevado a cabo por el socialista Enrique Correa, ministro del Presidente Patricio Alwyn, que potenció con recursos de publicidad gubernamental a los mismos medios de prensa que utilizóel Dictador Pinochet, porque estos medios eran más controlables que los “díscolos medios impresos” que fueron tensced opositores al régimen criminal.

Hoy una fotografía, un documento judicial o una investigación local puede romper un silencio que hace cuarenta años habría sido mucho más difícil atravesar.

También la inteligencia artificial puede ayudar a ese proceso: permite rastrear archivos, contrastar versiones y localizar documentos que antes requerían días de búsqueda. Pero tampoco debe convertirse en una nueva “voz oficial”.

La IA puede equivocarse. Debe ser utilizada como herramienta para buscar y confrontar fuentes, nunca como sustituto de ellas.

La imagen de 1977 debería, entonces, permanecer en nuestra memoria colectiva.

No necesariamente para decir que todo medio tradicional miente ni que todo medio alternativo dice la verdad.

Esa sería precisamente otra forma de pensamiento único.

Debe permanecer para recordarnos algo mucho más importante:
ningún medio merece que le entreguemos nuestra confianza sin exigirle pruebas.
Ningún gobierno merece controlar el relato de la realidad.

Y ningún periodista debería olvidar que su primera responsabilidad no es proteger al poder, sino interrogarlo.

Porque la portada decía:
“NO HAY TALES DESAPARECIDOS”.

Los desaparecidos sí existían.

Y cuando los hechos terminaron derribando aquella versión, quedó una de las lecciones más dolorosas de nuestra historia periodística:
la verdad dicha a medias puede convertirse en una mentira completa.

La memoria no sirve para quedarse atrapados en el pasado.
Sirve para impedir que el poder —sea político, económico o comunicacional— vuelva a convencernos de que aquello que estamos viendo simplemente “no existe”.

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Víctor Reyes
Redacción · 7 de octubre de 2026 · 11:43

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