¿INTELIGENCIA O BALANDRONADA DIPLOMÁTICA?
El embajador Brandon Judd asegura que información de inteligencia estadounidense responsabilizaría a sectores de izquierda por el estallido social. Si existen esos antecedentes, Chile debe exigir que sean entregados a la Justicia. Si no existen, sus palabras comienzan a parecerse demasiado al estilo grandilocuente de quien lo nombró: Donald Trump. La vinculación política entre ambos no es una inferencia: Trump nominó a Judd como embajador en Chile, y Judd había sido durante años una figura cercana a sus políticas migratorias y fronterizas.

El embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, acaba de hacer una afirmación de enorme gravedad política: sostuvo que la inteligencia norteamericana concluyó “categóricamente” que el estallido social de 2019 provino de organizaciones o sectores de izquierda. No entregó públicamente, sin embargo, los antecedentes concretos que permitirían verificar semejante aseveración.
No estamos hablando de una opinión de sobremesa. Estamos hablando del representante oficial de una potencia extranjera afirmando poseer información de inteligencia sobre uno de los episodios más graves y traumáticos de nuestra historia reciente.
Por eso resulta plenamente razonable que esas palabras tengan consecuencias institucionales. La Cancillería ya lo citó para solicitar antecedentes y el asunto llegó al debate parlamentario.
Si Estados Unidos realmente posee información capaz de identificar organizaciones, autores materiales o responsables de delitos cometidos durante octubre de 2019, esa información debe ser entregada a las autoridades chilenas y puesta a disposición de la Justicia.
Porque una cosa es discutir políticamente sobre el denominado “octubrismo” —expresión utilizada recurrentemente por sectores de la derecha para caracterizar el ciclo político nacido después del 18 de octubre— y otra muy distinta es sostener que existen informes de inteligencia extranjeros que permitirían establecer responsabilidades concretas.
Especialmente cuando todavía existen interrogantes sobre hechos gravísimos de aquellos días: incendios, saqueos, ataques a infraestructura pública y, particularmente, la destrucción de estaciones del Metro. Videos, testimonios y antecedentes de distinta naturaleza han alimentado durante años preguntas que corresponde esclarecer judicialmente, no mediante consignas políticas ni teorías construidas desde una embajada.
Judd, además, no aparece en el vacío. Es el mismo embajador que recientemente habló de una llamada “Doctrina Donroe”, expresión utilizada para describir una reinterpretación trumpista de la histórica Doctrina Monroe —la política estadounidense del siglo XIX resumida posteriormente bajo la idea de que América debía permanecer bajo una esfera de influencia hemisférica norteamericana—. El juego de palabras combina Donald Trump con Monroe y expresa una visión renovada de predominio estratégico estadounidense en América Latina.
El propio Judd afirmó que esa doctrina era especialmente fácil de aplicar con el actual Gobierno chileno, declaración de la cual la Cancillería posteriormente tomó distancia.
Y aquí aparece una inquietante semejanza de estilo con su presidente, Donald Trump: afirmaciones categóricas, anuncios espectaculares y una retórica que muchas veces precede a los antecedentes que deberían sustentarlos.
Lo hemos visto incluso en política internacional.
En junio Trump anunció un acuerdo para terminar las hostilidades con Irán; semanas después declaró que aquella tregua estaba “terminada”, y actualmente el conflicto continúa abierto.
Por eso Chile debe exigir algo muy sencillo:
Embajador Judd: muestre los antecedentes.
Si existen documentos de inteligencia que prueban quién organizó delitos durante el estallido social, entréguelos.
Si permiten determinar responsabilidades por incendios, ataques al Metro u otros hechos criminales, póngalos a disposición del Ministerio Público y de los tribunales.
Porque entonces tendremos una contribución extraordinariamente importante para conocer la verdad.
Pero si esos antecedentes no aparecen, la afirmación quedará reducida a lo que nunca debería transformarse la diplomacia: una balandronada política importada desde Washington.
Chile necesita verdad, pruebas y justicia.
No una versión norteamericana del “octubrismo”.
Y mucho menos que la antigua Doctrina Monroe regrese maquillada de “Donroe”, como si América Latina volviera a ser el patio trasero de alguien.
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